Sergey presionó con suavidad el índice sobre la nariz de su pequeña. Su hija hizo un puchero de lo más tierno, pero continuó durmiendo como si nada.
—Puedes dormir sin preocupaciones. Papá te cuida.
Nadezhda había nacido apenas una semana atrás y seguía viéndose tan frágil y pequeña como el primer día. Sergey vivía con el temor de que algo pudiera pasarle en el instante en que dejara de mirarla. Y ni hablar de su llanto; apenas estaba aprendiendo a lidiar con la mezcla de sensaciones que lo inv