Amelia se detuvo frente al escritorio de Elena. Le entregó los pastelillos que había llevado con ella y conversaron un momento.
—Por cierto, puedes no decirle a mi esposo que estoy aquí —le pidió.
—Por supuesto.
—Gracias —dijo antes de empezar a dirigirse a la oficina de Dimitri.
Se detuvo frente a la puerta y dio un par de golpes. Esperó a escuchar su voz antes de entrar.
—¿Qué sucede? —preguntó él, sin apartar la vista de la pantalla de la computadora.
Amelia notó de inmediato la tensión en