Amelia se sentó en la mesa y le dio una sonrisa de agradecimiento a la mesera cuando le entregó la carta.
—¿Alguien más se unirá a usted? —preguntó.
—Sí.
La mujer dejó el menú sobre la mesa y se retiró.
Amelia podía sentir algunas miradas sobre ella, pero se mantuvo tranquila mientras revisaba la carta. De vez en cuando levantaba la vista para comprobar si su amiga ya había llegado.
Diez minutos después, Sophie apareció casi corriendo, equilibrándose sobre unos tacones mortales y vestida con un