El ascensor se cerró con un leve susurro metálico y el aire en el interior se volvió denso, casi pesado. Amelia no sabía qué hacer con sus manos; las mantenía tensas a los costados, mientras su respiración se volvía más lenta y más profunda.
Observaba a Dimitri a través del reflejo en las puertas de acero, demasiado consciente de su cercanía. Del calor que irradiaba su cuerpo. Del leve roce de su brazo. Del anillo que ahora pesaba en su dedo como una marca imposible de ignorar.
Era oficialmente