—Señorita, no puede entrar.
Amelia levantó la vista al oír la voz apresurada de su asistente. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la puerta de su oficina se abrió de golpe, estrellándose contra la pared con un ruido seco que rompió la calma del lugar.
Un escalofrío le recorrió la espalda al ver a Lily en el umbral. Sin embargo, obligó a sus facciones a mantenerse serenas. Estaba segura de que ella ya sabía la verdad.
—Está bien, Mady —dijo con firmeza contenida—. Puedes dejarnos a solas.
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