Jarli se levantó del suelo y ayudó a su esposa a sentarse en el sofá. Luego fue a la cocina y le preparó un vaso con agua de azúcar para que bajara su tensión.
—Debora, con esto estarás bien —dijo él.
Ella apreció mucho el gesto de su esposo, pero aún tenía esa espina clavada en el pecho: la supuesta mercancía que tenían que entregar.
—Jarli, no necesito agua de azúcar para estar bien. Lo estaré cuando este tormento acabe —Débora hizo una pausa y tomó aire—. ¿Dónde tengo que llevar la mercancía