—¡Jarli! —grité nuevamente. La fuerza de Débora se desvanecía y el latido de su corazón disminuían; a este paso iba a colapsar.
De repente, se escucharon dos disparos y el hombre soltó a Débora, cuyo cuerpo cayó al suelo como un bulto de papas.
Débora tenía los ojos cerrados, estaba aterrada.
—Debora, mi vida —esa voz varonil y llena de seguridad hizo que abriera los ojos y corriera hacia su amado esposo.
—Jarli, estaba tan asustada —dijo, con lágrimas saliendo de sus ojos.
—¿Estás bien? —pregu