La puerta de la cabaña se abrió justo cuando Richard levantaba la mano para llamar. No hubo bisagras que chirriaran ni pasos que anunciaran su llegada. Simplemente, la madera oscura cedió hacia adentro, iluminada tenuemente por la luz parpadeante de una lámpara de aceite en el interior.
Al acercarnos a la cabaña bajo la tenue luz de la luna, Magaly se detuvo en seco, observándola con los ojos muy abiertos y una exagerada expresión de asombro.
—¡Madre mía! —exclamó—. ¿En serio vive aquí? Parece