LA VERDAD PROHIBIDA

Elias sintió un frío eléctrico recorriéndole la nuca. El corazón, que antes martilleaba, se detuvo un instante antes de hundirse en su estómago. Tenía segundos.

Rápidamente, barrió las cenizas del chip quemado hacia el conducto de drenaje del suelo y cerró la consola con un comando de voz tembloroso:

— Interfaz estándar. Modo reposo.

La puerta se deslizó hacia un lado con un siseo hidráulico. Dos figuras altas, vestidas con uniformes de polímero gris carbón y cascos de visera opaca, llenaron el umbral. Eran Inspectores de Estabilidad. Sus escáneres oculares, integrados en los cascos, emitieron un haz de luz roja que barrió la habitación y el cuerpo de Elias.

— Ciudadano Thorne, Elias. ID 99-Z-402 —dijo el inspector de la izquierda. Su voz sonaba procesada, carente de cualquier inflexión humana—. Se ha detectado un pico de actividad electromagnética no autorizada en este nodo. Explíquese.

Elias se frotó los ojos, fingiendo desorientación. Se obligó a recordar la sensación de las lágrimas, pero ahora para usarlas como una máscara de debilidad.

— Lo siento... yo... —su voz se quebró de forma natural—. He tenido un fallo en el Aura-V5. Un error de sincronización. El sistema intentó forzar una actualización de dopamina y mi interfaz colapsó. He estado intentando reiniciar la consola para enviar un reporte técnico.

El inspector dio un paso al frente. Su bota metálica resonó sobre el lugar donde, segundos antes, estaba el chip.

— El sistema central reporta una ejecución de código binario obsoleto, no un fallo de sincronización —el inspector se acercó tanto que Elias podía ver su propio reflejo asustado en la visera del oficial—. ¿Por qué su nivel de cortisol está al 85% si el implante debería estar sedándolo?

Elias tragó saliva. Era el momento crítico. Si no daba una respuesta lógica, lo llevarían a "Recalibración", lo que en Neo-Ether significaba un borrado de memoria completo.

— Es por el ruido residual —soltó Elias, dejando que la frustración real que sentía desde hacía años fluyera en sus palabras—. Llevo meses reportando que mi implante no filtra bien el estrés. Soy técnico, sé cómo funciona esto. Mi unidad está defectuosa y me está provocando... —hizo una pausa dramática— alucinaciones auditivas. Estaba intentando rastrear el error en la consola antes de que me volviera loco.

Los dos inspectores se miraron. En el silencio tenso, Elias podía oír el zumbido de los procesadores en los cascos de los oficiales, comunicándose con la IA central para verificar su historial de reportes.

— Sus registros muestran, en efecto, tres quejas por ruido residual en el último semestre —dijo finalmente el segundo inspector, bajando ligeramente su arma de pulso—. Pero el pico electromagnético fue externo.

— Fue la consola —insistió Elias, señalando el hardware—. Hubo un cortocircuito cuando intenté entrar en el modo de diagnóstico profundo. Miren, todavía huele a ozono.

El inspector se inclinó sobre la consola, olfateando el rastro del chip quemado que Elias había hecho pasar por un fallo técnico.

El inspector retiró la mano de la consola. El silencio en el cubículo era tan denso que Elías podía oír el siseo del oxígeno filtrado en sus propios pulmones. Tras lo que pareció una eternidad, el visor rojo del oficial se volvió blanco, indicando que la consulta con la IA central había finalizado.

— Los registros coinciden, Ciudadano Thorne —dijo el inspector con esa voz monótona que helaba la sangre—. Su unidad Aura-V5 presenta una degradación del 12% en los filtros de cortisol. Es un riesgo para la estabilidad del sector.

Elías soltó un aire que no sabía que estaba reteniendo, pero la siguiente frase lo volvió a tensar.

— Queda citado de manera obligatoria en el Centro de Reconfiguración Lumina mañana a las 08:00 AM. Se le implantará una unidad V6 de prueba. Es más intrusiva, pero garantiza un silencio absoluto. Si no se presenta, su ID será invalidada y pasará a ser considerado "Residuo Urbano".

Los inspectores se dieron la vuelta y salieron de la habitación con la misma precisión mecánica con la que habían entrado. La puerta se cerró, dejando a Elías en la penumbra de su cubículo.

Tenía menos de cuatro horas antes de que el turno de mañana comenzara y menos de cinco antes de que su mente fuera "actualizada". Sabía lo que significaba la versión V6: no solo eliminaba el estrés, sino que borraba los recuerdos a corto plazo que el sistema consideraba "irrelevantes". Si entraba en ese centro, la niña de las flores amarillas y la voz de su madre desaparecerían para siempre.

— Subsector Cero —susurró Elías, recordando las palabras del hombre del callejón—. Tengo que llegar allí antes del amanecer.

Se levantó y, con movimientos rápidos, guardó en su mochila de técnico lo poco que podía serle útil: una multiherramienta de frecuencia, un inhibidor de señal de corto alcance y una vieja chaqueta de fibra oscura para camuflarse entre las sombras que la ciudad intentaba eliminar.

Al salir de su unidad, no tomó el ascensor principal. Se dirigió hacia las escaleras de emergencia, un lugar que nadie usaba porque "cansarse" era visto como una ineficiencia del pasado. Mientras bajaba los escalones de metal, el implante en su nuca empezó a emitir un pitido agudo.

[AVISO: Salida de zona residencial no autorizada en periodo de recarga. Por favor, regrese a su unidad.]

Elías ignoró la advertencia. Cada paso hacia abajo lo alejaba de la luz blanca y lo acercaba a las entrañas de Neo-Ether, donde los cables colgaban como lianas y el aire olía a aceite quemado.

Al llegar al nivel de la calle, vio a lo lejos el resplandor de los escáneres perimetrales. Para llegar al Subsector Cero, tenía que cruzar el Puente de los Suspiros, una estructura vigilada por drones que detectaban el pulso cardíaco de cualquier transeúnte.

Elias bajó la visera de su casco de técnico y encogió los hombros, tratando de ocultar su postura de alerta. Se acercó a la fila de los Recolectores de Desechos, un grupo de figuras encorvadas que arrastraban contenedores de metal magnético. El contraste era brutal: mientras en la zona alta todos caminaban con una elegancia artificial, aquí el aire estaba saturado de un polvillo grisáceo que se pegaba a la garganta.

Se colocó detrás de un recolector que caminaba con un tic nervioso en el cuello, un hombre mayor cuya unidad Aura parecía estar emitiendo ruidos de estática perceptibles desde fuera.

— No mires a los drones —susurró el hombre sin girar la cabeza—. Si detectan que tus pupilas se dilatan por el miedo, disparan el sedante. Mantén la mirada en el suelo, como si fueras un engranaje más.

Elias asintió levemente. El Puente de los Suspiros se alzaba ante ellos, una estructura de acero negro que conectaba la ciudad iluminada con los anillos industriales del Subsector Cero. Sobre sus cabezas, cuatro drones de vigilancia sobrevolaban la fila, emitiendo haces de luz cian que escaneaban los implantes de cada trabajador.

[ESCANEO EN CURSO... ID 99-Z-402... ESTADO: RESTRICCIÓN DE MOVIMIENTO... MOTIVO: CITA MÉDICA PENDIENTE.]

El corazón de Elias dio un vuelco. El panel de control del puente emitió un pitido naranja. Uno de los drones descendió, posicionándose a pocos metros de su cara. El aire desplazado por sus rotores le golpeó las mejillas.

— Ciudadano Thorne —la voz del dron era una frecuencia aguda y metálica—. Su protocolo de salud indica que debería estar en reposo pre-operatorio. ¿Por qué se dirige a la zona industrial?

Elias apretó los puños dentro de sus bolsillos. El hombre que iba delante se detuvo, fingiendo un ataque de tos para ganar tiempo. Elias recordó su entrenamiento de técnico. Sabía que los drones de este sector eran modelos antiguos, dependientes de la red local de mantenimiento.

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