—Si haces esto... —susurró el Inspector—, no habrá vuelta atrás. El sistema colapsará en segundos. La seguridad vendrá por ti. Vendrán por ambos. —Lo sé —dijo Elias con una sonrisa triste—. Pero al menos, por primera vez, sabremos por qué estamos corriendo. El Inspector guardó su arma y se hizo a un lado, dándole la espalda a la consola, dándole a Elias el espacio que necesitaba. Con un movimiento decidido, Elias insertó la cápsula en el núcleo cuántico. Un pulso de luz ámbar recorrió las columnas del servidor, expandiéndose como una onda de choque por toda la estructura de la Torre Ápice. No hubo una explosión física, sino algo mucho más violento: un silencio digital absoluto. En las calles de Neo-Ether, miles de personas se detuvieron al unísono. Las luces blancas de sus ojos se apagaron y, por un segundo, la ciudad quedó en una oscuridad total. Luego, empezó el ruido. No fue el ruido de las máquinas, sino el de millones de personas tomando aire al mismo tiempo. Alguien
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