Mundo ficciónIniciar sesiónCon el alma destrozada, susceptible es la herida, se vuelve fracturada, la pasión que da la vida. Si el presente se difuminara delante de tus ojos, ¿Aceptarías tu nueva realidad aunque esto signifique no ser feliz con la persona que amas? Con estos versos comienza nuestra historia, donde los humanos han perdido su bien más preciado: La libertad; por causa de una raza que surgió de la misma humanidad. Seres despiadados a los cuales se les conoce como "Los devoradores"; quienes atacan sin piedad a la última comunidad humana que lucha incesante por sus vidas, mientras se esconden entre las sombras para no ser devorados por tan crueles seres. Takashiro, un descendiente del gran héroe que habitó entre los humanos hace más de cinco siglos, mostrará su determinación al enfrentarse a sus más despiadados enemigos, sobre todo cuando descubra un secreto que cambiará el destino de la humanidad. ¿Qué tanto estás dispuesto a hacer por amor? Esa es la pregunta que envuelve el ánimo de Takashiro, cuando intenta salvar a la mujer que ama a toda costa sin importar las consecuencias; ¿Podrá el amor interponerse ante la libertad de los humanos? En el corazón de nuestro héroe descansa la respuesta. Cuando el amor impera en el corazón de un hombre, la determinación es solo el paso intermedio para buscar el objetivo de su felicidad; no importan los obstáculos que existan, la fuerza de voluntad es capaz de superar cada barrera que se encuentre frente a él. Sumérgete a esta increíble aventura y descubre el secreto de Takashiro que en medio de desesperanza, desilusiones, amor y mucha acción, luchará hasta el final para terminar de una vez por todas con el mal que los atañe, y decidir el futuro de la última comunidad humana.
Leer másAiden
Dom cayó al suelo después de que le metiera una bala por la boca.
Si me preguntas, fue misericordia dejarlo ir tan fácil después de que se atreviera a tocar lo que era mío.
Entonces vi a Leah con una pistola en la mano.
—Quédate justo ahí, Aiden —dijo, con la voz temblorosa mientras la apretaba con más fuerza.
Me detuve.
—Leah.
Se mordió el labio inferior.
—¿Alguna vez te dije cuánto odio la forma en que dices mi nombre?
—Hay muchas cosas que odias de mí —respondí en voz baja—. Esa no es una de ellas.
—¿Crees que no te dispararía? ¿Por eso me pateaste el arma?
—Si me quisieras muerto, habrías usado el cuchillo que escondiste debajo de la almohada.
Sus ojos se abrieron por un instante, y luego una sonrisa triste ocupó su lugar.
Yo era consciente de las noches en que me observaba dormir con un cuchillo suspendido sobre mi garganta. Las noches en que sus dedos se atrevían a cerrarse alrededor de mi cuello mientras lloraba.
Nunca la detuve porque una parte de mí quería saber si lo haría. Pero mi Leah nunca lo hizo.
Rio con amargura, con lágrimas llenándole los ojos. Y ver su dolor rompió algo dentro de mí.
—Intenté perdonarte —dijo, con la voz quebrada—. Dios, lo intenté. Pero tú... —negó con la cabeza— ...tú simplemente sigues quitando y quitando.
—Hablemos en casa.
—¿Casa? —soltó una risita—. ¿Me estás jodiendo ahora mismo? No existe ningún “hogar” entre nosotros. ¡Ese lugar es una maldita prisión!
Incluso decir esa palabra dejaba un sabor amargo. Pero Leah... tú eres mi hogar. Dondequiera que estés es mi hogar. Y aunque todavía no lo sepas, lo será.
Di un paso más cerca.
—¡Quédate donde estás, Aiden! ¡Juro que te dispararé! —gritó, mientras las lágrimas ya corrían por sus mejillas.
No me detuve.
Bang.
Tres meses antes...
El humo salió de mis labios mientras estaba sentado en el asiento trasero, observando a dos hombres tambalearse fuera de un edificio abandonado al otro lado de la calle, lanzándose golpes como aficionados.
—¿Qué hora es?
—Las cuatro y media —respondió el conductor.
Exhalé lentamente.
Había una reunión programada para las nueve, y arruinar mi traje no estaba en la agenda. Si hubiera sido cualquier otro día, me habría encargado yo mismo.
Y si seguían con eso, la policía volvería a husmear, y ya estaba harto de tener que encontrar algo para mantenerlos callados cada maldita vez.
El conductor, percibiendo mi irritación, ofreció:
—¿Quiere que me encargue, jefe?
Pero yo ya estaba abriendo la puerta.
Salí con el arma en la mano y aparté de una patada a un bastardo de encima del otro. Dos disparos al pecho y cayó sin pelear.
El segundo hombre retrocedió a rastras.
—¡Jefe! ¡Soy uno de los suyos!
Entrecerré los ojos, con el arma todavía apuntándole. Se levantó la camisa, revelando la insignia tatuada de los Kingston en la piel.
Mirando sus heridas de cuchillo, pregunté:
—¿Necesito mantenerte vivo si igual te vas a desangrar?
—Esto no me matará, jefe —jadeó con una sonrisa débil.
Sí, claro.
Di una larga calada a mi puro y luego se lo ofrecí. Me miró confundido, pero lo tomó de todos modos.
—Descansa en paz.
El choque de metal contra metal y los gruñidos se hicieron más fuertes mientras entraba al edificio. Al doblar una esquina, mis ojos encontraron un caos de hombres balanceando tubos de acero, tablones de madera y martillos con intención de matarse entre ellos.
Disparé una vez, y el silencio cayó antes de que toda la atención se volviera hacia mí.
—Hora de terminar esto.
—Mierda. ¿Ese no es Aiden Kingston? —dijo alguien.
Los murmullos comenzaron a extenderse entre los hombres de la familia rival mientras daban un paso atrás, con los ojos abiertos de par en par.
—No se preocupen, mientras se porten bien, morirán sin dolor —aseguré—. Ahora, ¿quién es el líder de esta cuadrilla de m****a?
Todos se quedaron callados, lanzándose miradas entre sí.
—¡Aiden Kingston! —escuché a un hombre gritar mi nombre.
Un enorme hombre calvo con un parche en el ojo y el rostro retorcido de rabia salió de entre la multitud.
—¿Me recuerdas? —gruñó.
Levanté una ceja.
—No suelo recordar a cada persona insignificante que he conocido.
Apretó la mandíbula y señaló su parche.
—¡Me quitaste el ojo hace tres años! ¡¿Cómo te atreves a olvidarme?! —gritó, escupiendo mientras avanzaba hacia mí.
Me reí.
—Tuviste suerte de que te dejara respirando.
—¡Te sacaré los ojos!
Le disparé en ambas piernas, y se desplomó al suelo gritando. Luego avancé y le presioné el cañón en la frente.
Me fulminó con la mirada desde abajo.
—Bastardo —roncó—. La familia Kingston caerá pronto. Las otras familias...
Apreté el gatillo, cortando cualquier m****a que estuviera a punto de soltar.
—Reúnanlos —ordené.
Sin un líder, cedieron rápido. Siempre lo hacían. Es increíble lo rápido que un arma facilita las cosas.
Salí al aire de la madrugada, lejos del olor contaminado de la pólvora y la sangre.
Me puse un puro entre los labios, mientras mis dedos buscaban el encendedor en el bolsillo.
—Toma. —Storm me tendió un encendedor.
—Te ves hecho m****a —le dije, notando el profundo corte en su brazo.
—Viviré.
Me reí, con la mirada desviándose hacia el cadáver del hombre que había dicho lo mismo antes.
—Parece que las otras familias están planeando algo —dijo.
No era la primera vez. Y como siempre, fracasarían.
Exhalé humo y sonreí de lado.
—Bien. Lo espero con ganas.
La ciudad había estado demasiado tranquila durante mucho tiempo.
8:55 a. m.
Cuando entramos al estacionamiento de Carter Holdings, salí del coche ajustándome los gemelos.
Entonces la vi.
Cabello rubio atrapado por el viento y el teléfono pegado al oído mientras reía por lo que fuera que le decían al otro lado.
Era un sonido suave, despreocupado, completamente fuera de lugar en mi mundo. Pero no fue solo su risa lo que provocó la extraña sensación que sentí.
Fueron sus ojos. Esos malditos ojos verde esmeralda que se clavaron en los míos, robándome el aire de los pulmones. Eran afilados, desafiantes. Ojos capaces de fulminar mientras contenían lágrimas.
Mi corazón dio un salto.
Un maldito salto.
Sabía que ella también lo sintió, ese cambio en el aire, porque capté la incomodidad que cruzó su rostro antes de apartar la mirada con rapidez.
Por un momento, olvidé la sangre en mis manos y la violencia de la que me había alejado horas antes. La curiosidad venció a la razón, y mis piernas comenzaron a moverse.
No iba vestida de forma seductora, pero me había seducido. Cada detalle me arrastraba hacia ella; el balanceo de sus caderas, la longitud de su cabello sedoso, el sutil aroma de su perfume mezclándose con el aire de la ciudad.
Siguió hablando por teléfono, ajena al acosador que caminaba detrás de ella, hasta que tropezó con una grieta en el pavimento.
Mi mano la atrapó antes de que golpeara el suelo.
—Oh, Dios mío —jadeó, soltando el teléfono mientras la jalaba de vuelta contra mi pecho.
—Un segundo más —murmuré junto a su oído, con la voz baja y áspera vibrando a través de ella— y estarías besando el suelo, muñeca.
Su aroma, la suave presión de su calor contra mí, el temblor que recorrió su cuerpo cuando se dio cuenta de lo cerca que estábamos... hizo que mi corazón latiera con excitación.
Lo supe con absoluta certeza. La quería. Y no importaba cómo.
El rayo lo alcanzó a mitad del camino y la luz que cubría su ser volvió a oscurecer su mirada; entonces sintió el beso apasionado de una mujer y al abrir sus ojos, estaba con Varfiria en aquel atardecer, mientras las caricias de la mujer guerrera envolvían su alma. Ella se retiró lentamente de él al ver que su beso no fue correspondido y anonadada le dijo “Creo que no debí hacerlo, disculpe señor Hi…” y antes de terminar su frase, Takashiro la abrazó con tanta fuerza que luego de ello, la besó con más pasión que nunca. Ella se perdió en sus besos y el amor floreció como nunca lo imaginó en su vida. Takashiro estaba llorando de felicidad y el salado de sus lágrimas llegó a los labios de su amada; “¿Por qué lloras?” le dijo ella mientras tocaba su quijada, a lo que Takashiro solo la miraba con alegría y no dejaba de besarla. Al instante recordó el tiempo en el que estaba y supo que pronto vendrían los devoradores a atacarlos, de inmediato se puso de pie y cortando aque
En medio del ocaso, la respiración de los devoradores se escuchaba cada vez más fuerte, por lo que el gran héroe dio la señal para tocar el shofar y se pusieron en guardia para atacar a los devoradores, Furman salió al ataque por su propia cuenta y con mucha rapidez, fue consumido por Diel, quien lo tomó del cuello y le golpeó del estómago con mucha fuerza que casi lo dejó inconsciente; al instante, se acercó a sus costillas y en cuestión de segundos, lo convirtió en un devorador como él. Takashiro observó el suceso y mirando a Furman con ellos, dispuesto a atacar a sus antiguos compañeros dijo “Ahora lo entiendo”; entonces el gran héroe comenzó a pelear contra Furman, acabando con sus manos y pies en un instante más no lo asesinó; los devoradores comenzaron sus ataques y los recolectores se defendían con mucho ímpetu mientras miraban cómo el líder de los devoradores sonreía. El gran héroe se presentó ante su rival y comenzaron la batalla que definiría el destino de
Su corazón estaba emocionado y era como si volvía a la vida poco a poco; tomó el cristal negro y levantó lo más que pudo sus manos, esperando que los relámpagos lo alcanzaran para ser llevado al pasado si su teoría era cierta, aunque cabía la posibilidad que fuera un error y su muerte quedara como resultado de su tan alocada idea. No obstante, la muerte no era más que un camino que debía recorrer Takashiro, pues sin su amada, su vida no tenía sentido y esta era la única probabilidad para ser rescatada su alma del abismo donde se encontraba. La noche estaba a punto de finalizar y con ella la tormenta también decía adiós, la esperanza de Takashiro era muy ferviente, que aquel mal momento no detendría su objetivo; volvió una y otra vez constantemente, siempre que la tormenta se ponía, Takashiro estaba presente y luego de varios días, su fe comenzó a sucumbir, pues no resultaba como lo había planeado. Una tarde muy oscura, cuando su corazón estaba a punto de desf
Takashiro estaba decidido a terminar aquella pelea de una vez por todas y siguió a Fuego hasta llegar a un pequeño pantano en el bosque, entonces el devorador saltó hacia atrás con mucha presteza y se detuvo a unos metros de él diciendo “Será mejor que te detengas o de lo contrario morirás”. Aquellas palabras no parecían importarle a Takashiro quien continuó acercándose hasta que vio que a su alrededor aparecieron casi veinte devoradores; entonces comprendió que era una emboscada y manteniendo la guardia miró hacia todos lados esperando el momento para defenderse de cualquier ataque. Fuego lo miró sonriendo y le dijo “No debes preocuparte que nadie te atacará; hacía tanto que no peleaba de esta manera que estoy dispuesto a dejarte con vida, tal vez en otra ocasión volvamos a pelear”. El gran héroe lo miró con mucho mayor odio y le dijo “No habrá otro día, vengaré a mi novia y llevaré tu cabeza a la aldea como trofeo; si crees que puedes matarme con esas besti
Último capítulo