Mundo ficciónIniciar sesión— Orden de trabajo 77-B —dijo Elias, forzando una calma que no sentía—. Hay una fuga de refrigerante en el conducto de la zona Cero que amenaza la estabilidad de los servidores del Ministerio. Si no llego ahora, el sobrecalentamiento activará el protocolo de purga de datos.
El dron procesó la información. Sus lentes giraron, analizando las microexpresiones de Elias. El joven técnico se obligó a visualizar la imagen del bosque verde, usando ese "ruido" mental para confundir el escáner de estrés del dron. Tras un segundo eterno, la luz cian volvió a ser blanca. — Prioridad de infraestructura detectada. Proceda, técnico. El Ministerio agradece su eficiencia. El dron se elevó de nuevo. Elias no se permitió suspirar hasta que cruzaron la mitad del puente. A medida que avanzaban, la luz blanca de Neo-Ether se desvanecía, reemplazada por el parpadeo amarillento de lámparas de sodio viejas. El ruido de la ciudad perfecta fue sustituido por el goteo de agua y el chirrido de maquinaria pesada. Habían llegado. El Subsector Cero era un laberinto de tuberías oxidadas y edificios que parecían esqueletos de una civilización olvidada. — Es aquí —dijo el recolector, señalando una escotilla en el suelo marcada con un símbolo extraño: un ojo tachado—. Baja antes de que cambie el turno de guardia. El "Vigilante" te espera abajo. Elias abrió la escotilla. Un olor a ozono y a papel viejo subió desde las profundidades. Bajó por la escalera de mano, y al llegar al fondo, se encontró en una habitación llena de estanterías. Eran libros. Cientos de ellos. Objetos físicos que Elias solo había visto en archivos de historia prohibida. En el centro de la sala, el hombre del callejón estaba sentado frente a una mesa llena de piezas electrónicas. Al ver a Elias, sonrió, mostrando unos dientes desgastados. — Has llegado justo a tiempo, Elias. Tu mente está a punto de reiniciarse, pero aquí... aquí es donde guardamos lo que el sistema no puede borrar. El Vigilante se levantó, apartando un montón de cables y esquemas impresos en papel amarillento. En el centro de la mesa, rodeado de libros, descansaba un artefacto que parecía un corazón de metal y cristal: un Núcleo de Interferencia Cuántica. — No estamos aquí para guardar reliquias, Elias —dijo el hombre, su voz resonando con una gravedad nueva—. Estamos aquí para devolverle a la gente lo que les pertenece. Este dispositivo contiene un código que llamamos "El Despertador". Elias se acercó, fascinado por el suave pulso ámbar que emitía el objeto. — ¿Qué es exactamente? — Es un virus de retroalimentación. Si logramos conectarlo al Servidor Raíz del Ministerio, sobrecargará la red Aura con un pulso de recuerdos colectivos. No borrará los implantes, pero romperá el filtro. En un segundo, todos en Neo-Ether recuperarán sus memorias, sus traumas, su capacidad de soñar y, sobre todo, su voluntad. Elias sintió un escalofrío. — Eso sería el caos. La gente no sabe qué hacer con el dolor. El sistema los mantiene "felices" porque no conocen otra cosa. — El sistema los mantiene sedados, Elias —lo interrumpió el Vigilante, acercándose a él—. La libertad es ruidosa, es dolorosa y es confusa. Pero es real. Tú ya lo sentiste con ese primer recuerdo del bosque. ¿Preferirías volver a la paz del vacío y dejar que te instalen la versión V6 mañana? Elias miró sus manos. La imagen de la niña del video, su sonrisa bajo el sol de verdad, era algo que no podía dejar morir. — ¿Por qué yo? —preguntó Elias. — Porque el Servidor Raíz está protegido por una cerradura biométrica que solo reconoce a los técnicos de Nivel 1 activos. Y porque tu código genético tiene una anomalía: eres de los pocos cuyo cuerpo está rechazando el implante de forma natural. Tu ADN es la "llave maestra" que necesitamos para que el sistema acepte el virus como una actualización oficial. El Vigilante le entregó una pequeña cápsula que contenía el código. — El acceso principal está en la Torre Ápice, el edificio más alto de la zona alta. Tienes menos de tres horas antes de que tu cita médica expire y tu ID sea bloqueada. Una vez dentro del núcleo, no habrá vuelta atrás. El mundo entero se despertará gritando... o soñando.






