Mundo ficciónIniciar sesiónElias respiró hondo y guardó la cápsula en el compartimento oculto de su cinturón de herramientas. El peso del dispositivo se sentía como una supernova contenida contra su cadera.
— La opción B es lo que ellos esperarían de un rebelde —dijo Elias, ajustándose el cuello del uniforme de técnico—. Pero yo sigo siendo un engranaje del sistema. Y un engranaje tiene permiso para estar en cualquier parte de la maquinaria. El Vigilante asintió con una mezcla de respeto y temor. — Si fallas, Elias, no habrá rastro de ti. Ni siquiera una memoria en la red. Pero si lo logras... prepárate para el ruido. La Torre Ápice: El Corazón del Sistema Elias regresó a la superficie. La luz blanca de la zona alta era ahora casi dolorosa para sus ojos, que se habían acostumbrado a la penumbra del Subsector Cero. Se encaminó hacia la Torre Ápice, un obelisco de cristal negro que perforaba las nubes artificiales de Neo-Ether. En la entrada, dos centinelas robóticos de clase "Paladín" bloquearon el paso con sus lanzas de energía. — Identificación y motivo de acceso, —tronó una voz sintética. Elias no bajó la mirada. Usó la arrogancia de quien sabe que su tiempo se acaba. — Técnico de Nivel 1, Elias Thorne. Vengo a entregar mi equipo de diagnóstico y mi terminal de enlace antes de mi cirugía de actualización V6 en el Centro Lumina. El protocolo de seguridad exige que el hardware sea desvinculado en el Núcleo Central. Los centinelas escanearon su retina. El sistema dudó. Los segundos pasaron como horas. Finalmente, el panel cambió a verde. — Acceso concedido. Proceda al Nivel 99. Tiempo estimado de entrega: 15 minutos. Elias cruzó el vestíbulo. El aire aquí era tan puro que se sentía falso. Subió al ascensor de alta velocidad, que lo succionó hacia arriba en un silencio absoluto. Al llegar al piso 99, las puertas se abrieron para revelar el Núcleo Raíz: una sala circular llena de columnas de luz líquida donde fluían todos los pensamientos, datos y sueños robados de la ciudad. En el centro de la sala, una consola flotante esperaba. Elias se acercó, pero antes de que pudiera insertar la cápsula, una voz familiar lo detuvo desde las sombras de los servidores. — Sabía que el "ruido" en tu cabeza te traería aquí, Elias. De la oscuridad salió el Inspector de Estabilidad que lo había visitado en su cubículo. No llevaba el casco. Era un hombre de mediana edad, con el rostro cansado y una mirada que, extrañamente, no era de odio, sino de una profunda decepción. — No lo hagas —dijo el Inspector, manteniendo su arma de pulso baja—. No entiendes lo que vas a liberar. La gente no quiere la verdad, Elias. Quieren dormir. El mundo que viste en ese video... ese mundo ardió porque la gente no podía soportar sus propias pesadillas. Elias mantuvo la mano firme sobre la ranura de conexión, pero no insertó la cápsula de inmediato. Miró fijamente a los ojos del Inspector, buscando al hombre detrás del uniforme de polímero. —Usted también lo siente, ¿verdad? —dijo Elias, su voz resonando con una calma que no nacía del implante, sino de una convicción profunda—. Ese peso en el pecho, ese rastro de algo que falta cuando las luces de la ciudad se apagan un 5%. Usted no está aquí solo para detenerme. Está aquí porque es el único lugar donde el sistema no puede oír sus propios pensamientos. El Inspector apretó el gatillo de su arma de pulso, pero no disparó. Su mano temblaba imperceptiblemente. —El mundo "real" era una carnicería, Elias —replicó el oficial, su voz quebrándose por primera vez—. Guerras por ideologías, odio nacido de recuerdos que nadie podía olvidar. El Aura-V5 nos dio la paz. Nos dio un sueño sin fin donde nadie sufre porque nadie recuerda por qué debería sufrir. —Pero tampoco nadie ama —respondió Elias, dando un paso corto hacia la consola—. Vi a una niña en un campo de flores. Vi a una mujer que me miraba como si yo fuera lo único que importaba en el universo. Eso no era una simulación de dopamina. Era dolor puro porque sabía que me iba a perder, y aun así, era más hermoso que cualquier cosa que este edificio haya construido jamás. Elias extendió la cápsula hacia la luz líquida del servidor. —Usted dice que la gente quiere dormir. Yo digo que la gente está muerta y solo se ha olvidado de caerse. Déjeme devolverles el derecho a sufrir, a llorar y, tal vez, algún día, a volver a ver ese bosque. El Inspector bajó lentamente el arma. Miró hacia las inmensas cristaleras de la Torre Ápice, donde Neo-Ether brillaba como una joya muerta bajo un cielo de neón. Por un momento, el oficial cerró los ojos, como si intentara recordar un color que nunca había visto.






