Todos se habían presentado a las instalaciones de la Iglesia obscura, esta vez con mucha puntualidad a pesar de la hora. Debía ser algo demasiado urgente como para despertarlos a medianoche y sin decirles para qué demonios los habían citado. Claro, al ser una orden del jefe, nadie arremedó nada en cuanto entraron y lo vieron sentado en la silla que ocupaba siempre al tener reuniones.
Las virtudes se sentaron como todos unos niños buenos y asueñados, a la espera de lo que el jefe Sorin tuviera q