Durante el trayecto hacia los residenciales en los que habían estado vigilando a la familia Enache, Sorin no había dejado de llamar al número de la casa, con la esperanza de que este le respondiera, aunque sin éxito alguno.
«Si este tonto falló la misión, tendré que matarlo», pensaba Sorin para sus adentros mientras fumaba un cigarrillo para calmar su ansiedad.
Si antes tenía un buen presentimiento sobre la misión, ahora ni siquiera había en él un ápice esperanzador, solo reinaba la duda en su