El leve chirrido de las ruedas rompía el silencio solemne del pasillo mientras la silla se deslizaba lentamente hacia neonatología. Olivia sentía cada vibración en su espalda como si el universo entero la empujara hacia un momento que parecía que hacía eso es que estaba esperando. Su cuerpo aún estaba débil, dolía en cada rincón, pero su corazón latía con más fuerza que nunca. La enfermera a su lado sonreía con suavidad. —Ya casi llegamos —le dijo—. Solo un momento más, y vas a poder verlo. Olivia asintió, incapaz de hablar. Un nudo en la garganta le apretaba las palabras, las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos antes siquiera de entrar a la sala. Era real. Su bebé estaba vivo. Estaba allí, resistiendo como un guerrero diminuto. Como su hijo. La puerta de vidrio se abrió con un leve chasquido. El aire tenía ese olor inconfundible a hospital, mezclado con el sonido de máquinas, susurros y la respiración contenida de tantos padres esperando un milagro. Entonces lo vio. Nathan es