Ximena llegó a casa, sintiendo una mezcla de alivio y ansiedad. La conversación con Nikita había sido un soplo de aire fresco, pero la incertidumbre sobre lo que vendría la mantenía en vilo. Su pequeño Junior la esperaba en la sala, con su juguete favorito en las manos, ajeno a la tormenta que se avecinaba. —¡Mamá! —exclamó Junior al verla, sus ojos brillando de alegría—. ¡Jugamos a los dinosaurios con Lana!— dijo y la joven niñera lo miró de un modo dulce. Lana era la hija de un nuevo vecino,