El sol de la tarde se filtraba por los ventanales del living de la casa de los Tremaine, dorando los bordes de la mantelería aún arrugada sobre la mesa. Los hombres pululaban por el jardín igual que Nat la pequeña de Steven y Sasha, y las mujeres deambulaban de la cocina a los sillones hasta dispersarse como el humo de una vela recién apagada. Ekaterina salió al porche con una taza de té recién hecho entre las manos. Llevaba puesto un cárdigan claro que le colgaba suelto de los hombros, el cabe