Nueva York, años veinte
No recuerdo exactamente en qué momento dejé de cantar para el público y empecé a cantar solo para él.
El club estaba lleno aquella noche, más de lo habitual. El humo de los cigarrillos formaba una neblina espesa bajo las luces doradas, y el murmullo de las mesas competía con la música de la banda. Yo llevaba un vestido dorado, ceñido al cuerpo, de esos que no permiten olvidarte de que tienes una espalda, una cintura, una piel viva. Las lentejuelas atrapaban la luz cada v