Me levanté para entrar a la casa y evitar oír lo que tuviera para decirme, pues no quería pelear con ella, quería evitar problemas.
—Eres una perra barata.
Alcé la cara, la miré de forma fija, mi cuerpo se tensó.
—¿Disculpa?
—Sabía que a eso venías, lo supe desde el primer día que te vi, vi como le coqueteabas al señor de la casa, a mí no me engañas, eres una mosquita muerta.
—No voy a responder a insultos, Valentina, eres la que educa a los niños, no voy a discutir contigo.
—¿A los niños?, no,