Don Lorenzo Romanov se encontraba en su despacho, pensativo con las manos posadas sobre el pulido escritorio de caoba. Frente a él, se extendía una imponente montaña de papeles por revisar, contratos y negocios pendientes que aguardaban su firma.
Este ejercía un poder casi absoluto en varias regiones de Alemania y países vecinos. Sin embargo, el agobiante peso de sus responsabilidades y la abrumadora cantidad de tareas que debía resolver, le provocaban punzantes dolores de cabeza, resultado de