Al llegar a su casa Darío Santtorini se dirigió al interior de su imponente hacienda. Su figura se recortaba contra el crepúsculo mientras cruzaba los jardines bien cuidados y entraba en la mansión. Aunque su rostro seguía siendo enigmático, su mirada mostraba una fatiga que había estado oculta bajo su fachada impenetrable.
El Toro entró en su despacho, un lugar austero lleno de muebles de caoba y estantes llenos de libros antiguos. El ruido de la puerta al cerrarse resonó en la habitación, mar