El ambiente entre aquellas cuatro personas se había vuelto tenso, pero nada se comparaba con la expresión de decepción con la que Amalia observaba a su marido.
—¿Así que esto era lo que estabas haciendo aquí, Filipo? —preguntó con seriedad. Sus ojos parecían dos brasas encendidas.
—Esto no es lo que estás pensando. —Intentó explicarse.
Pero era inútil.
Lo que ella acababa de escuchar superaba cualquier excusa superficial.
—No me debes explicaciones. —lo interrumpió—. Tanto como yo tampoco te de