Salgo del estacionamiento y detengo un taxi para dirigirme hacia la residencia de la mujer que amo. Ahora que todo se ha aclarado, es el momento de contarle toda la verdad. Al acercarme al vecindario, los latidos de mi corazón se precipitan al ser testigo del caos que se ha desatado en la calle en la que está ubicada la casa. El área está acordonada y hay patrullas apostadas en los alrededores.
―Lo siento, señor, pero hasta aquí puedo llegar ―me indica el conductor al detenerse en medio de la