—¿Piero? —preguntó Nerea al ver que él no decía nada—. ¿Estás bien?
—¿Qué? —Su amigo parpadeo y asintió—. Sí, sí.
Sonrió sin creérselo del todo. Era comprensible que después del miedo que había pasado durante la noche, él estuviera todavía algo desorientado.
Piero caminó hasta ella y le dio un beso en la mejilla.
—Buenos días, princesa.
Estaba demasiada sorprendida por su gesto que se olvidó de reprenderlo por aquel estúpido apodo. No era la primera vez que él le daba un beso en la mejilla, per