Esa tarde, Clark y yo nos fuimos juntos a casa porque, fiel a sus palabras, me esperó hasta las siete. Estaba sentado obedientemente, haciendo sus cosas y, de vez en cuando, se acercaba a mí y me preguntaba si estaba bien. Dudaba en preguntarme porque había prometido que no diría ni una palabra.
Le presenté a otros trabajadores y parece que se muestra amable con ellos, poniendo esa cara que pone cuando se reúne con algún paciente o algún profesional. Esa falsa sonrisa jovial suya que muestra a