El aire matutino del pasillo era fresco y gris. Sandra cerró la puerta de su apartamento con las llaves en la mano. No miró atrás. Bajó las escaleras sin prisa. Llamó al primer taxi que vio desde la acera. El chofer, un hombre de mediana edad con voz ronca y mirada amable, le preguntó:
—¿A dónde, señorita? —Sandra dio una última mirada al lugar y con pena respondio.
—Al aeropuerto privado, hangar 6. —contestó recordando las palabras de Haifa cuando lo llamó para contarle su decision.
—¿Viaje im