El portón de hierro forjado se abrió con su habitual chirrido, pero esta vez, el sonido no tuvo eco. Marck apenas lo escuchó. Manejaba con el rostro desencajado, las ojeras marcadas, los nudillos blancos de tanto apretar el volante. No había dormido. No había comido. Solo pensaba en ella.
¿Dónde estás? pensaba mientras sentia como su corazón no había parado de latir desde que salió de la oficina. El vacío en el despacho de ella lo carcomía, y el silencio de su teléfono era un castigo insoportab