La cafetería olía a pan de almendra y café recién molido, pero Sandra no saboreaba nada. Solo sentía un nudo en la garganta que le impedía tragar, una opresión en el pecho que le cortaba el aire. Estaba sentada frente a Akiro, en una pequeña mesa junto a la ventana, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el vapor que escapaba de su taza.
Él, en cambio, estaba cómodo. Demasiado cómodo. Se quitó la bufanda, se remangó la camisa y la miró como si tuviera todo el tiempo del mundo. Como si n