Ambos nos quedamos parados frente a la puerta de madera maciza, en el pequeño balcón de entrada. El silencio de la selva nos rodeaba, solo interrumpido por nuestra propia respiración.
—Bueno... —dijo Adrián. Noté su voz un poco nerviosa, o tal vez era cansancio—. Hay que entrar.
Sacó la tarjeta de madera y la puso sobre una mini pantalla negra discreta en la pared. La cerradura emitió un pitido electrónico suave, bip, indicando que el acceso estaba concedido, seguido del sonido mecánico del seg