Zoe
Las tres de la mañana solían ser la hora más silenciosa de la ciudad, pero dentro de mi cabeza había una fiesta patronal a la que nadie me invitó y el volumen era insoportable.
Me giré en la cama por sexta vez, peleando a muerte contra las sábanas que se me enredaban en las piernas como si estuvieran vivas y ardiendo. El silencio de la casa no lograba apagar el eco de la respiración agitada de Alexander en el ascensor, n