Zoe
El indicador del ascensor descendía en un silencio tan pulcro que rozaba lo aburrido. Pasaba del piso veinticinco al veinticuatro con un leve zumbido. Recosté la espalda contra el panel de cristal, cerrando los ojos cinco segundos para no colapsar. Mi cuerpo exigía una tregua a gritos; coordinar los contratos de la Expansión Internacional me tenía al borde del desmayo, y lo último que necesitaba era drama.
Por supuesto, el