Zoe
Sentí cómo la sangre se me agolpaba en el rostro con una fuerza abrasadora. La mirada petrificada de Priscila, clavada en mi vestido arrugado y en las mejillas encendidas de Alexander, fue demasiado para mi sistema. Con la vergüenza quemándome la piel, me separé de Alexander como si me hubiera electrocutado, esquivé a mi amiga a toda prisa y salí corriendo del ascensor sin mirar atrás.
—¡Zoe, espera! —escuché el eco de