ZOE
—No deberías estar aquí —dijo Alexander desde la puerta.
Aparté la mano del anillo como si acabara de quemarme.
Alexander permaneció inmóvil durante unos segundos, observando primero la pequeña caja abierta sobre la cómoda y después mi rostro. No había rastro de la sonrisa provocadora con la que solía recibirme. Su expresión era cerrada, casi incómoda, y eso consiguió que me sintiera todavía más intrusa.
—Me equivoqué de habitación —expliqué mientras retrocedía—. Regresé buscando mi teléfon