Alexander
La jornada laboral había sido interminable, pero el verdadero castigo fue tener a Zoe tan cerca durante ocho horas sin poder devorarla a mi antojo. A las siete de la tarde, cuando el edificio finalmente comenzó a vaciarse, la tomé de la muñeca y la arrastré con suavidad hacia el ascensor privado del piso ejecutivo, el que conducía directamente al estacionamiento subterráneo.
Apenas las puertas doradas se cerraron aislando