Alexander
La torre ejecutiva estaba casi desierta cuando fui a trabajar. El silencio del piso más alto, con sus luces tenues y el leve zumbido del aire acondicionado, no lograba calmar la tormenta que me quemaba por dentro. El eco desgarrador de los ruegos de Zara aún resonaba en mis oídos, pero la sola idea de ver a Zoe se había convertido en un faro en mitad de la noche, una necesidad física y emocional a la que no podía ni quería