Zoe
El eco sordo del teléfono de Alexander resonando contra la barra de la cocina se sentía como un pulso eléctrico en medio de la pequeña estancia. Aunque la pantalla yacía boca abajo sobre el plástico gastado, el destello intermitente del LED delataba que las llamadas no cesaban. Una detrás de otra. Una ráfaga incesante que amenazaba con desmoronar la delicada burbuja en la que habíamos flotado apenas unas horas atrás.
—¿No vas