Zoe
Dormí exactamente tres horas.
No porque no lo intentara, sino porque cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la misma fotografía: la mano de Alexander en mi cintura, mi cuerpo inclinado hacia el suyo y, peor todavía, mi boca respondiendo a aquel beso como si Christopher no existiera.
A las ocho de la mañana ya estaba entrando en la agencia con el teléfono apretado entre los dedos y una certeza absoluta sobre quién estaba detrás de aquello.
Alexander.
¿Quién más podía ser?
La amenaza del