No sabía si era cosquillas o qué, pero Gabriela no dejaba de mover su cuerpo.
Abrazando el cuello de Rodrigo, pegó su cara a la de él, coqueteando dulcemente: —Estoy caliente, me siento muy caliente.
Su rostro se tornaba rosado.
Gotas de agua cubrían su encantador cuerpo.
Ella tomó la iniciativa de retorcerse en sus brazos.
Era muy tentador.
¡Como una seductora hada!
Rodrigo, con los ojos bajos llenos de humedad, luchaba por controlarse.
Manchado de niebla.
Su nuez de Adán subía y bajaba mientra