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Capítulo 5 • El examen y el primer vistazo a Clarisa

Al amanecer siguiente, el cielo de la ciudad seguía cubierto, pero la lluvia había cedido, dejando un silencio húmedo que envolvía las calles como un velo de promesas inciertas. Rómulo se levantó temprano. El corazón le latía al compás de nervios y esperanza, un eco del sueño profético que aún vibraba en su pecho. El examen de admisión en la UNAM era su puerta al futuro: el primer paso hacia el sueño de ser médico, de salvar vidas, de demostrarle a su familia —y a sí mismo— que podía conquistar lo imposible. Mientras se vestía en el cuarto estrecho, el canto del canario en el vestíbulo le arrancó una sonrisa fugaz. Era un recordatorio de que, incluso en la incertidumbre, había pequeños destellos de vida, ecos lejanos de Quimichis que lo impulsaban a seguir.

Caminó hacia Ciudad Universitaria bajo un cielo que parecía contener el aliento. Las calles de Doctores despertaban con un bullicio que aún le resultaba ajeno: vendedores ambulantes gritando sus ofertas con voces roncas, el aroma dulzón de tamales y atole flotando en el aire como un bálsamo contra el frío, estudiantes corriendo hacia el metro con mochilas al hombro y sueños pesados en los ojos. Rómulo sintió un cosquilleo en el pecho, una chispa de pertenencia que luchaba contra la timidez que lo atenazaba como raíces profundas. La ciudad, que la noche anterior lo había recibido con indiferencia, ahora parecía abrirse tímidamente, invitándolo a descubrir sus secretos, aunque el ajuste cultural lo golpeaba en oleadas: los ritmos frenéticos, las miradas evasivas, el anonimato que lo hacía sentir invisible entre la multitud.

En la UNAM, el campus era un hervidero de aspirantes, cada uno cargando su propia mezcla de miedo y determinación, como si el aire mismo estuviera cargado de futuros entrelazados. Rómulo se unió a la fila, los apuntes apretados contra el pecho como un escudo, repasando fórmulas y conceptos con la urgencia de quien sabe que un error podría desviar todo un destino. Fue entonces cuando la vio.

La chica cruzaba el patio con paso decidido. Su cabello castaño ondeaba al viento como una bandera de independencia, una carpeta bajo el brazo y una chispa de idealismo en la mirada que lo detuvo en seco. Hablaba con una amiga; su risa clara resonó como un arroyo en medio del desierto urbano. Algo en Rómulo se detuvo: un reconocimiento platónico que no necesitaba palabras. No era solo su belleza; era la forma en que parecía habitar el mundo, como si cada paso fuera una declaración de intenciones, un eco de la vida que él anhelaba vivir.

No se atrevió a hablarle ese día. La observó desde lejos mientras ella se dirigía a la Facultad de Ciencias Políticas, y algo en su corazón se encendió: una atracción que crecía en silencio, como una semilla bajo la tierra fértil de la incertidumbre. Durante los meses siguientes la buscaría en cada rincón de la universidad: en las bibliotecas donde el polvo de los libros flotaba como recuerdos olvidados, en las cafeterías con mesas rayadas por generaciones de soñadores, en las plazas donde los estudiantes debatían con pasión sobre justicia y cambio. Escuchaba su voz en los pasillos, hablando de un México mejor, de voces silenciadas que merecían ser ecos resonantes. Rómulo, con su sueño de curar cuerpos, se sentía pequeño ante su grandeza, pero también inspirado. Deseaba ser su amigo, su cómplice, la mitad de un alma que al fin se encontraba en los márgenes de una ciudad que no dejaba de correr.

La vida estudiantil no era el cuento de hadas que había imaginado. Las mañanas comenzaban temprano, con Rómulo corriendo entre clases y apuntes, sumergido en la intensidad casi desesperada de los estudios. Cada hueso memorizado, cada proceso fisiológico aprendido, era una forma de olvidar la nostalgia por Quimichis y la inseguridad que lo perseguía como una sombra. Pero también era una manera de acercarse a Clarisa —así se llamaba, lo supo por casualidad en un pasillo—, cuya presencia se convertía en un faro en la niebla de su timidez. Sus encuentros eran breves, accidentales: una sonrisa compartida en la cafetería, un saludo apresurado en la biblioteca. Cada uno avivaba en él un deseo de pertenencia que chocaba contra su reserva natural, contra el miedo a ser rechazado como el forastero que aún se sentía.

Para anclarse, visitó a sus parientes en la ciudad, esperando encontrar un refugio en rostros familiares. Pero la cena con ellos fue un recordatorio cruel de su condición de outsider. Sus primos, de su misma edad pero con el barniz de la capital, lo miraron con una mezcla de curiosidad y condescendencia; sus ojos se detuvieron en su chamarra gastada y sus botas polvorientas. Aunque nadie lo dijo en voz alta, Rómulo sintió el peso de sus juicios sobre su “elegancia pueblerina”, como si su acento nayarita y sus modales sencillos lo marcaran como un eco desfasado en su sinfonía urbana. Se despidió con una sonrisa forzada, jurando no volver, el corazón pesado con un conflicto que lo carcomía: la timidez que lo aislaba contra el anhelo profundo de pertenecer, de ser visto no como un intruso, sino como parte del tapiz.

En medio de esa tormenta interna llegó la carta perdida de su hermana Laura. Había sido enviada semanas antes, pero el caos postal de la ciudad la había retenido en algún limbo burocrático, llegando por fin como un mensaje del pasado. En ella, Laura hablaba de Quimichis con una nostalgia que le apretó el pecho: el mar susurrando secretos, la madre trabajando en el campo con una resiliencia que inspiraba, y un deseo simple: «Sé médico, Rómulo, por nosotras. Sé el eco de nuestros sueños». La carta se había extraviado en el trayecto, simbolizando su propia desconexión, pero ahora era una motivación familiar que lo impulsaba. La guardó como un talismán, jurando que esa atracción platónica por Clarisa —que crecía con cada mirada robada, cada risa oída de lejos— no lo distraería de su camino, sino que lo enriquecería, convirtiéndolo de ingenuo forastero en un curioso explorador de su propio corazón.

En un instante, sus ojos se encontrarían de verdad y el corazón de Rómulo, sin pedir permiso, se rendiría ante ella. Pero el amor, como la ciudad, no seguía las reglas que había imaginado. Sus sentimientos por Clarisa crecían en silencio, un fuego que ardía sin consumirse, atrapado entre un pasado que aún dolía y un presente que prometía tanto como asustaba. La Ciudad de México, con su lluvia y sus calles caóticas, sería el lienzo donde aprendería que el amor, como el hambre de respuestas y de futuro, puede ser tan cruel como esperanzador, tan fugaz como eterno.

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