En un reducido espacio que apenas supera las dimensiones de mi trasero, la falta de consideración se hace evidente.
La iluminación es prácticamente inexistente, limitándose a filtrarse a través de una diminuta ventana resguardada por robustos barrotes. Tom, visiblemente nervioso, deambula de un extremo a otro, devorando sus propias uñas.
Mientras tanto, yo permanezco sentada en una cama que carece de la comodidad de un colchón real, sustituido por una estúpida lámina de cartón.
—No puedo creer