Los días siguientes transcurrieron como en una bruma para Maya. Pasaba la mayor parte del tiempo sedada o pérdida en su propio mundo de dolor. Se negaba a comer, a hablar, a aceptar que su hijo estaba muerto. No había consuelo posible para una pérdida así.
Dianco no se apartó de su lado en ningún momento. Supervisaba personalmente sus cuidados, se aseguraba de que nada le faltara. Pero no había atisbo alguno de lástima o compasión en su rostro, sólo una fría determinación.
Poco a poco, la con