Alade fue amparada por Collin y llevada hasta su habitación. Sus piernas apenas la sostenían, los pasos eran arrastrados, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Collin la acostó con gentileza sobre la cama, acomodando las sábanas alrededor del cuerpo tembloroso de la hija. Las lágrimas seguían cayendo, incesantes, desesperadas, como si su alma estuviera sangrando por dentro.
"Querida, quédate aquí, ¿sí? No salgas de tu habitación." dijo Collin, la voz fallando, mientras al fondo los gritos de