72. Incuvadora.

Retrocedí un par de pasos y me senté en la silla que estaba frente a la ventana. Maximiliano se sentó en el borde de la cama; pude ver cómo se quitaba el sombrero mientras me observaba detenidamente.

Tenía que decirle la verdad, ya no podía seguirlo ocultando, tenía que dejar de ser una ingenua. Mi plan jamás iba a funcionar: escapar con mi hijo no iba a servir. Era un niño diferente y yo no sabía mucho sobre los lobos. ¿Cómo podría ayudarlo? No podría ayudarlo a transformarse o a regresar nuev
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