72. Incuvadora.

Retrocedí un par de pasos y me senté en la silla que estaba frente a la ventana. Maximiliano se sentó en el borde de la cama; pude ver cómo se quitaba el sombrero mientras me observaba detenidamente.

Tenía que decirle la verdad, ya no podía seguirlo ocultando, tenía que dejar de ser una ingenua. Mi plan jamás iba a funcionar: escapar con mi hijo no iba a servir. Era un niño diferente y yo no sabía mucho sobre los lobos. ¿Cómo podría ayudarlo? No podría ayudarlo a transformarse o a regresar nuevamente a su forma humana.

El pequeño Nicolás estaba atrapado en su forma de lobo y ni siquiera el Alfa de su manada había sido capaz de ayudarlo, su propio padre, un lobo que también es diferente, de raza superior. ¿Qué podría hacer yo con mi pobre niño si escapaba de Alaska? No podría hacer nada. Estaba completamente atrapada y quise creer que al menos Maximiliano sería capaz de entender mi situación.

Cuando el hombre vio que yo parecía paralizada en el lugar, levantó las manos en el aire, tími
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