146. La coincidencia.
No podía negar que Maximiliano tenía razón. Si aquella mujer extraña y risueña tuviera las intenciones que sospechaba, no nos hubiera enseñado su hogar, no nos hubiera llevado directamente a su aldea sin siquiera haber preguntado primero nuestros nombres. Había algo que me generaba todavía incertidumbre, tal vez el mismísimo hecho de que nos hubiera llevado sin tanto problema y sin tantas preguntas era, al mismo tiempo, sospechoso.
Pero desde el primer instante en el que cruzamos aquel domo que