El eco de las palabras de Arthur de la Vega flotó en el aire empapado de cera quemada. Alessia permaneció inmóvil tras la espalda de Dante, con la mano izquierda aún tibia por la presión del diamante negro y el estómago encogido en un nudo de incredulidad absoluta. La imagen de su padre —aquel hombre que se desplomaba en sollozos frente al retrato de Bianca, que se arrastraba sumiso ante los acreedores— se había evaporado por completo. Frente a ellos estaba un ejecutor frío, con la mirada despr