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La gente del pueblo se apretaba en torno al pozo, rodeados por los lobos a caballo. Lloraban y gritaban pidiendo misericordia. El Alfa galopaba alrededor de la plaza con la espada en alto. De pronto bajó la espada y los lobos desenvainaron las suyas, talonearon sus cabalgaduras, y las hicieron avanzar hacia el gentío, empujándolos desde todos los flancos al mismo tiempo. Eran caballos de batalla, entrenados para ignorar su instinto de no atropellar humanos, de modo que pisoteaban a quienes no

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