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Aine sofrenó su caballo y el que traía de la brida para llevarlos al paso a la par mía, mientras yo intentaba ignorarla, negándome a salir al sendero.

—Vamos, Risa, no seas tonta. No puedes ir a pie todo el camino al pueblo.

—Regresa al castillo, Aine —dije, sin reverencias ni tratamientos especiales—. Me las he arreglado sola toda la vida y no preciso ayuda para regresar a casa de Tea. Dile a tu madre que gracias por todo, pero aprecio más mi vida que sus promesas.

—Y

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