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Esa mañana me puse el vestido que me probara en la víspera, con el delantal y la cofia. Por primera vez desde que llegara al castillo, no sentía la menor molestia en el brazo que me lesionara el león de la montaña. Decidí no colgarlo del cabestrillo, aunque guardé la ancha tira de tela en el bolsillo del delantal por si la necesitaba. Salí de mi habitación con la bandeja de mi cena, que quedara intacta.

Comprendí que

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