El murmullo del salón seguía su curso, pero en un rincón apartado, cerca de una de las columnas de mármol que sostenían el techo del palacio, la tensión era tan densa que podría haberse cortado con un cuchillo.
Grigori Adler permanecía inmóvil, su bastón apoyado contra el suelo, sus dedos tamborileando sobre el pomo de plata con una lentitud que delataba su irritación contenida. Sus ojos grises, fríos como el acero, seguían a la figura de Lenna mientras ella se movía entre los invitados del bra